La Europa del 0,2 al volante
- El 15,4 % de los conductores europeos confiesa haber conducido tras beberse una copa.
25 marzo 2026
La Comisión Europea nos ayuda a hacer las matemáticas de cuántas vidas siega el alcohol en las carreteras de sus países miembros cada año. Este organismo estima que alrededor del 25 % de los siniestros viales se producen por conducir bajo sus efectos y que al menos el 80 % de ellos se podrían haber evitado si esos conductores hubieran estado sobrios. “Eso nos deja con que eliminar la conducción bajo los efectos del alcohol podría evitar al menos 4.000 muertes cada año”, asegura Francesca Podda, experta en seguridad vial del European Transport Safety Council (ETSC).
A pesar de los datos, poco a poco se avanza en la lucha contra el binomio conducción-alcohol. Beber y conducir ya son percibidos como actividades incompatibles por la mayoría de los europeos. Según los resultados de la última encuesta ESRA (E-Survey of Road Users Attitudes), publicada a finales de 2024, entre el 92 % y el 96 % de los encuestados de los 22 países participantes consideran inaceptable conducir bebido o drogado. Desafortunadamente la sensibilización de la mayoría no basta. Ese mismo estudio muestra cómo aún hoy el 15,4 % de los conductores confiesa haber circulado por las carreteras europeas tras beberse una copa. Y donde no llega el sentido común, deben llegar las leyes.
MARCO EUROPEO. “El ETSC acogería con gran satisfacción una Directiva de la UE que introdujera un límite de tolerancia cero de alcohol para todos los conductores. Esta medida reforzaría significativamente la actual Recomendación sobre los niveles permitidos de concentración de alcohol en sangre (CAS), que data de 2001. Dicha recomendación establecía un límite máximo de 0,5 g/l para la población general de conductores”, expone Francesca Podda.

Hasta la fecha, 17 países de la Unión Europea mantienen ese límite estándar de 0,5 g/l para la mayoría de conductores, al mismo tiempo que han introducido límites más bajos de alcoholemia para sus conductores noveles y profesionales. Lo interesante se encuentra en otros nueve países (Chequia, Hungría, Rumanía, Eslovaquia, Estonia, Polonia, Suecia, Noruega y Serbia) que han ido más allá de la recomendación de la Comisión Europea y utilizan un límite estándar de 0,2 g/l o inferior para todos sus conductores.
SIN EXCUSAS. El pasado 18 de marzo en la Comisión de Interior se votó en contra de la proposición de ley presentada en el Congreso que convertiría a España en el décimo país europeo que aplicaría el 0,2 g/l como límite de alcoholemia para todos los conductores. “Se ha perdido una oportunidad histórica para avanzar en la protección de la vida en nuestras carreteras al rechazar una medida respaldada por la evidencia científica, los organismos internacionales y el sentido común. Pero seguiremos trabajando, presionando y proponiendo todas las vías posibles para que la reducción de la tasa de alcohol sea una realidad en España”, expuso David Pérez de Landazábal, vicepresidente de Stop Accidentes, tras conocer este resultado.
La sociedad civil española, como la europea, está preparada para asumir el cambio. En los años 90 la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid elaboró para la DGT un estudio que puso de manifiesto que el 62,9 % de los conductores españoles eran bebedores habituales (consumían alcohol una vez a la semana). Cuando se les preguntó si en el último año habían conducido después de haber consumido algún tipo de bebida alcohólica, sólo el 26,7 % contestó que no. De hecho, el 14,3 % reconoció que en algunas ocasiones había conducido “en estado de embriaguez”.

ALCOHOL A 0. El contraste con los conductores actuales resulta esperanzador. En el estudio “Percepción social en España del consumo de alcohol y la conducción”, elaborado por Fesvial en 2025, se confirma cómo el 95 % de ellos considera que el alcohol es una amenaza para la conducción y un 65,2 % afirma que beber y conducir está mal visto.
“Hemos avanzado mucho. Hoy existe mayor rechazo social que hace 20 o 30 años. Sin embargo, todavía detectamos una peligrosa normalización del ‘por una copa no pasa nada’ –asegura Yolanda Domenech, directora de la asociación P(A)T Prevención Accidentes de Tráfico–. El perfil menos permeable al mensaje suele ser el del conductor que se considera experimentado, que cree que controla. Por ello, valoramos de forma positiva cualquier avance normativo que reduzca la presencia del alcohol al volante. Bajar las tasas permitidas no es una medida simbólica: es una declaración clara de que el alcohol y la conducción son incompatibles”. Reducir el límite de alcoholemia a 0,2 g/l, algo que la sociedad ya está demandando, supone, en la práctica, despedirse del alcohol en la carretera.
ALTO RIESGO. “El principio y el mensaje deben ser inequívocos: los conductores no deben beber y conducir. Por tolerancia cero, el ETSC reconoce que, en la práctica, se puede aplicar un pequeño margen técnico de aplicación, por ejemplo, 0,1 o 0,2 g/l de alcohol en sangre, para tener en cuenta la incertidumbre de la medición”, expone Podda.
Los argumentos para aspirar a ese 0,2 g/l están respaldados por la ciencia. “Las investigaciones sugieren que una CAS de 0,8 g/l aumenta el riesgo de accidente 2,7 veces en comparación con una de cero, mientras que con 1,5 g/l el riesgo de sufrir un accidente con lesiones es 22 veces mayor. El de que el accidente sea mortal aumenta aún más: con 1,5 g/l se estima que la tasa de siniestros mortales es aproximadamente 200 veces mayor que en conductores sobrios”, argumentan desde el ETSC.
Aprobar la proposición de ley que reduce la tasa máxima de alcohol permitida para conducir hubiera sido una buena manera de desincentivar conductas al volante que ponen las vidas de todos en riesgo, porque como recuerda Yolanda Domenech “el alcohol como factor concurrente en un siniestro vial no es una fatalidad: es una decisión evitable”.
Los límites de alcoholemia por sí solos no son suficientes para eliminar la conducción bajo los efectos del alcohol. Para lograrlo deben combinarse con una aplicación continuada y visible de la ley, sanciones severas, el uso de dispositivos antiarranque del vehículo con alcoholímetro (Alcolock) vinculados a programas de rehabilitación y campañas de educación y sensibilización. Así lo hacen en estos países de la UE:
• Suecia: no sólo aplica un límite de 0,2 g/l de alcohol en sangre para todos los conductores sino que es pionera en el desarrollo y la aplicación de dispositivos Alcolock, que se utilizan tanto en programas de rehabilitación como para conductores de transporte comercial y como requisito para optar a contratos públicos.
• Finlandia: es un buen ejemplo en el ámbito de la recopilación de datos. El Instituto Finlandés de Datos sobre Accidentes (OTI) publica exhaustivos análisis quinquenales en los que se recogen los accidentes mortales relacionados con el alcohol, las drogas o los medicamentos. Este enfoque proporciona datos valiosos para orientar las políticas y su aplicación.
• Bélgica: un modelo de éxito en la aplicación de programas de rehabilitación mediante el uso de dispositivos de bloqueo por alcohol. Las tasas de participación son elevadas, con más de 2.500 programas en marcha en 2024.
• Dinamarca: destaca por su estricto marco sancionador. Desde 2005 ha ido endureciendo progresivamente las sanciones y aplica un sistema de multas en función de los ingresos.
• Estonia: la policía de tráfico de este país báltico ha dado clara prioridad al cumplimiento de la normativa. Desde el año 2000 se aplica un límite de 0,2 g/l de alcohol en sangre para todos los conductores, respaldado por un control sostenido y visible.





