No pierda el control
- El subviraje se produce cuando el coche gira menos de lo necesario y se va hacia el exterior de la curva; el sobreviraje es el fenómeno opuesto, ocurre cuando la zaga del coche derrapa, con riesgo de hacer un trompo.
24 junio 2026
Entras en una curva... y el coche hace algo inesperado. El exceso de velocidad, de aceleración o de giro, una mala trazada o un movimiento brusco pueden hacer que, de pronto, nuestro vehículo deje de obedecernos. El subviraje y el sobreviraje son situaciones en las que el coche no sigue la trayectoria deseada en curva. Y son completamente evitables circulando a una velocidad adecuada con neumáticos en buenas condiciones.
1. Giro insuficiente
El subviraje es una de las formas más habituales de pérdida de adherencia en la conducción. Se produce normalmente con tracción delantera, cuando el coche gira menos de lo necesario, no sigue la trayectoria adecuada y se va hacia el exterior de la curva:
“Entras en la curva demasiado rápido, intentas girar, pero el coche no responde como esperas y se va de frente. Esto ocurre porque se exige a los neumáticos delanteros más agarre del que pueden dar”, explica Miguel Ángel Sánchez, responsable del Área de Formación de Conductores de la DGT.
“Toda la dinámica gira en torno al neumático. Actúan tres fuerzas sobre él: vertical, longitudinal y lateral; cuando sobrepasas el límite de agarre, empieza a derrapar”, asegura Álvaro Espinosa, director técnico de la Escuela de Conducción de Volkswagen.
¿Y qué ocasiona esta pérdida de adherencia? Los expertos señalan la mala anticipación y demasiada velocidad como las causas que ‘empujan’ al coche fuera de la vía:
“Las pérdidas de control empiezan antes de la curva, no durante”, afirma Sánchez.
Una frenada (o aceleración) violenta dentro de la curva también puede alterar el equilibrio y sobrecargar el eje delantero. Errores de conducción, cometidos con frecuencia en condiciones desfavorables, que disparan las posibilidades de perder la adherencia sobre el asfalto y el control del vehículo.

Qué hacer
Si a pesar de todo su coche subvira, el sistema de estabilidad (ESP) interviene para corregir la trayectoria. Pero las ayudas electrónicas no hacen milagros y una reacción adecuada es clave para recuperar el control.
Los especialistas en conducción segura explican que para controlar un subviraje es necesario reducir la velocidad levantando suavemente el pie del acelerador, para que las cargas se equilibren y los neumáticos delanteros recuperen adherencia.
Si es necesario frenar, nunca lo haga bruscamente o el eje delantero recibirá más carga y la situación empeorará.
Y cuidado con las reacciones impulsivas. La más habitual es girar aún más el volante, pero esto sólo aumenta el deslizamiento. Un conductor entrenado puede corregir la trayectoria reduciendo ligeramente el giro, sin correcciones bruscas que agraven la pérdida de control: se trata de recuperar el agarre perdido, no de añadir más estrés a los neumáticos.
"Es necesario conseguir que las ruedas delanteras apunten a donde queremos ir. Debemos alinear y estabilizar el coche sin forzar la dirección”, apunta Espinosa.
2. Exceso de giro
El sobreviraje es el fenómeno opuesto al subviraje y ocurre con más frecuencia en vehículos de propulsión (tracción trasera), cuando las ruedas de ese eje pierden adherencia antes que las delanteras. La zaga del coche derrapa, con riesgo de hacer un trompo si no se corrige a tiempo.
Aunque los coches actuales están diseñados para minimizar este comportamiento, el sobreviraje puede aparecer en situaciones de baja adherencia o al realizar ciertas maniobras de forma brusca. Las causas más habituales suelen ser las aceleraciones excesivas en plena curva que alteran el equilibrio de cargas. También las frenadas intensas que descargan el peso sobre el eje trasero.
E igual que en el subviraje, las malas condiciones ambientales, de la vía y del vehículo juegan un papel decisivo: la adherencia disminuye y el riesgo aumenta.
La forma de evitar el sobreviraje es adoptar una conducción suave y previsora. Acelerar de forma progresiva, especialmente al salir de las curvas, ayuda a mantener la estabilidad. Evitar movimientos bruscos con el volante o los pedales es fundamental, al igual que adaptar la velocidad a las condiciones de la carretera.
Mantener los neumáticos en buen estado y con la presión adecuada, así como revisar la suspensión, también contribuye a reducir el riesgo.
Aunque los sistemas electrónicos como el control de estabilidad (ESP) ayudan a corregir estos deslizamientos, no pueden superar los límites de la física si se conduce de forma inadecuada.

Qué hacer
La reacción segura ante un sobreviraje también debe ser calmada, rápida y controlada: dirija la mirada hacia el lugar al que quiere llevar el coche y gire el volante hacia el mismo lado que derrapa.
Al mismo tiempo, levante suavemente el pie del acelerador -las ruedas recuperan adherencia- y no frene de forma brusca, sólo agravaría la pérdida de control.
Una vez el coche se estabilice, enderece el volante -siempre con suavidad- para retomar la trayectoria. Así, la exigencia técnica para recuperar el control es muy alta:
“Sin formación es muy difícil reaccionar instintivamente de forma adecuada. Sólo consigues dominar el coche si tienes experiencia en estas situaciones”, añade Espinosa.
“Es mejor evitar que llegue a producirse con una conducción suave, preventiva, mirar lejos, anticiparse al trazado, ajustar la velocidad a las condiciones, con tiempo suficiente, antes de entrar en la curva”, destaca Sánchez.
3. Freno a fondo
La frenada de emergencia es una maniobra crítica que todo conductor puede verse obligado a realizar cuando aparece una situación imprevista en la vía -un obstáculo, un peatón, un accidente o un frenazo repentino delante- y no queda más opción que detener el coche en la menor distancia posible.
En estas circunstancias, la reacción debe ser rápida y contundente, pero también controlada. Una deceleración brusca mal ejecutada puede provocar el bloqueo de las ruedas y la consiguiente pérdida de control.
En una frenada de emergencia intervienen diversos factores: la falta de anticipación del conductor; una mínima distracción al volante que impide reaccionar en el momento adecuado; y el exceso de velocidad, que reduce el margen de reacción y aumenta la distancia necesaria para detenerse.
También las condiciones adversas en la vía (lluvia, firme deslizante…), que disminuyen la adherencia de los neumáticos y dificultan la frenada.
No tener que recurrir a una frenada de emergencia pasa, en gran medida, por una conducción preventiva. Mantener la distancia de seguridad, adaptar la velocidad a las condiciones de la vía y del tráfico y dirigir la mirada lejos para anticipar posibles riesgos son hábitos fundamentales.
Una conducción atenta y previsora permite ganar esos segundos clave que marcan la diferencia entre una frenada progresiva y una maniobra de emergencia.

Qué hacer
En una frenada de emergencia, la actuación correcta es decisiva: pisar el pedal del freno a fondo y con decisión, manteniendo la presión incluso si se perciben vibraciones. Este temblor es normal en vehículos equipados con sistema ABS, indica que está funcionando para evitar el bloqueo de las ruedas.
Al mismo tiempo, se debe sujetar el volante con firmeza y mantenerlo recto para conservar la estabilidad y la trayectoria.
“Primero hay que reducir la velocidad al máximo y después, si es necesario, cambiar la trayectoria de forma controlada evitando maniobras bruscas y manteniendo en todo momento la presión máxima en el freno”, explica Miguel Ángel Sánchez.
Otro aspecto clave es la mirada. El conductor debe dirigirla hacia la zona de escape o hacia el lugar donde quiere ir, no hacia el obstáculo. Esta técnica ayuda a mantener el control y hace la reacción más eficaz.
El objetivo de la frenada de emergencia es claro: detener el coche en la menor distancia posible sin perder el control, evitando la colisión o minimizando sus consecuencias.





