El primer filtro de la seguridad vial
- La figura del examinador de Tráfico está regulada por la Directiva Europea 2025/2205.
14 octubre 2026
Para unos son un juez severo. Para otros un ángel de la guarda. Acabar pensando una cosa u otra del examinador de tráfico que nos evalúa el día que intentamos conseguir nuestro permiso de conducir depende en gran medida de su valoración final. Aunque, como en todo, siempre hay sorpresas. “Yo he suspendido a alumnos que aun así han salido del examen diciendo que la próxima vez querían volver a examinarse conmigo. Quizá porque les había transmitido tranquilidad o porque, al explicarles sus fallos, los comprendieron y salieron convencidos de que la siguiente vez lo harían perfecto. En momentos así te das cuenta de que lo estás haciendo bien”, asegura Miguel Ángel Sánchez Fernández, coordinador especialista de Formación de Conductores de la Subdirección Adjunta de Formación Vial de la Dirección General de Tráfico (DGT).
Sánchez sabe de lo que habla, ya que ha pasado décadas evaluando futuros conductores, una labor vocacional que define como “emocionante”. Joaquín Jiménez Murillo, presidente de la Asociación de Examinadores de Tráfico (Asextra), comparte esa valoración de su actividad profesional, pero la complementa con otra característica: la responsabilidad. “Como examinadores somos responsables de realizar una valoración rigurosa, minuciosa e imparcial para determinar si una persona está suficientemente preparada para conducir de manera segura, adecuada y autónoma por las vías públicas. Somos muy conscientes de la trascendencia que tiene nuestro trabajo y del compromiso que asumimos con la sociedad. Precisamente por esa responsabilidad, consideramos fundamental que nuestra actuación sea siempre objetiva e impecable, porque detrás de cada prueba hay una decisión que tiene una repercusión directa en la seguridad vial”, resume.
Actividad regulada. Desafortunadamente, a pesar de la rigurosidad y el esfuerzo por mantener un alto nivel de calidad en su labor, sobre la figura del examinador circulan muchos mitos y no todos son buenos. “La idea que más prolifera y molesta es la de que engañamos, y/o que tenemos un cupo de aprobados, y/o que recibimos un complemento económico asociado al número de suspensos. Creo que la sociedad no es plenamente consciente del trabajo que hay detrás de nuestra labor, ni de la formación y supervisión permanente a la que estamos sujetos”, asegura Jiménez Murillo.
Aquellos que creen más en los bulos que en la realidad se sorprenderían de los filtros y controles que debe superar una persona antes, durante y después de sentarse en un vehículo a evaluar la capacidad de otra para conducir. El primer argumento para rebatir la desinformación sería aclarar que la figura del examinador no deja espacio a la arbitrariedad, está completamente regulada. Concretamente aparece reflejada en la Directiva Europea 2025/2205, que se encuentra transpuesta en nuestro ordenamiento jurídico en el Anexo VIII del Reglamento General de Conductores. Esta norma detalla tanto los requisitos que debe cumplir quien quiera desempeñar esta función como la formación inicial que debe poseer y los aprendizajes periódicos que debe adquirir durante su carrera profesional para mantener la calidad de su trabajo. “También explicita cómo deben ser esos recursos formativos y establece mecanismos para garantizar la calidad”, explica Montserrat Pérez López, subdirectora general de Formación y Educación Vial de DGT.
Antes y ahora. El camino para llegar a ser examinador comienza hincando los codos y, por supuesto, sabiendo conducir. “Cuando yo decidí intentarlo, hace ya 40 años, la DGT se nutría única y exclusivamente de funcionarios del propio organismo. Actualmente, el sistema de acceso ha cambiado radicalmente. Para ser examinador hay que superar la oposición al Cuerpo General Administrativo de la Administración del Estado, en la especialidad de Tráfico, bien por acceso libre o por promoción interna, y es cierto que, en la actualidad, una gran parte de los aspirantes procede del sector de las autoescuelas y de la formación vial”, asegura Joaquín Jiménez Murillo.
Pero con aprobar esa oposición no basta, los dos exámenes que la componen (uno teórico que recoge multitud de aspectos normativos y prácticos y otro de circulación en vías abiertas) son tan sólo el primer filtro. El segundo lo constituye un curso selectivo que tiene lugar en el Centro de Formación de la DGT en Móstoles (Madrid) al que sólo acceden aquellos que quedan mejor clasificados en la oposición. Para lograr el objetivo de convertirse en examinador debe completarse con éxito este programa en el que tanto la formación como la evaluación y la calificación de las pruebas corren a cargo de la propia Dirección General de Tráfico.

Formación intensiva. Durante seis semanas se busca que los aspirantes a examinadores adquieran conocimientos sobre materias tan dispares como la resolución de conflictos y la psicología del conductor, las características técnicas y físicas de todo tipo de vehículos o las claves prácticas para, por ejemplo, conducir por un puerto de montaña o hacer desplazamientos laterales de forma correcta. En resumen, la teoría y la práctica se fusionan para conseguir que los futuros examinadores se conviertan en unos conductores de 10. “La conducción de un examinador tiene que ser excelente, ajustada al Reglamento al 100 %. El nivel de exigencia es alto”, confirma Miguel Ángel Sánchez.
Pero el verdadero “hueso” del curso no se esconde en la carretera, sino en aprender a aplicar correctamente el manual de criterios de calificación de circulación y el de criterios de pista para pruebas en circuito cerrado. Son más de 200 ítems diferentes, cada uno identificado con un código concreto, que los aspirantes deben memorizar... y que tendrán que seguir memorizando a lo largo de toda su vida laboral porque se introducen novedades a medida que cambia la normativa de tráfico.
“Los aspirantes ensayan los criterios con prácticas en carretera que hacemos no sólo para que identifiquen las faltas, sino también para que aprendan a anticiparse, a no perder información de todo lo que sucede. Al final, si aprueban, su labor va a consistir en observar y evaluar el conjunto de actuaciones de un alumno: si es capaz no sólo de respetar las reglas, sino también de asimilar lo que está sucediendo y solucionar los problemas sin correr riesgos. Porque aunque un alumno de autoescuela haya suspendido en los primeros cinco minutos de su prueba, el procedimiento de examen se completa hasta la media hora, se sigue adelante porque ese examen también forma parte de su formación”, explica Miguel Ángel Sánchez.
Así las cosas, algo iguala a los aspirantes a sacarse el permiso de conducir y los que desean convertirse en sus evaluadores: algunos se quedan en el camino. “No todos los que aprueban la oposición logran superar este curso. En esta formación se trata de todo, pero lo más importante es aprender los criterios de calificación y también cómo tratar de forma correcta al alumno que se quiere examinar. Nuestro objetivo es garantizar que los nuevos examinadores entienden bien esos criterios y que saben aplicarlos. Y también que ofrecen un servicio de calidad. Que tratan al aspirante de la forma correcta, que le dan las instrucciones de forma precisa y clara”, resume Montserrat Pérez.

La hora de la verdad. Aquellos que sí logran convertirse en examinadores tienen por delante un futuro laboral en el que es imposible aburrirse porque no existen dos días iguales. “La mayor parte de nuestra actividad se concentra tanto en las pruebas de destreza como en la evaluación de las de aptitud de circulación en vías abiertas al tráfico general, que representan el mayor volumen de exámenes que se realizan. En ellas examinamos todo tipo de vehículos. Siempre hablamos de un máximo de 12 circulaciones con sus equivalencias”, explica Joaquín Jiménez Murillo.
Estos profesionales pueden pasar un máximo de 360 minutos diarios metidos en un coche. Una actividad que exige concentración y no está exenta de algunos riesgos. Porque el tráfico implica, en sí mismo, un cierto nivel de peligro y, aunque se trabaje siguiendo todas las medidas y procedimientos establecidos, siempre pueden producirse, desafortunadamente, accidentes.
Desde un punto de vista más humano también puede resultar difícil comunicar un resultado negativo a un aspirante que en el calor del momento “olvida” que la persona que lo examinó no es la culpable de su situación y que, si no está de acuerdo con su evaluación, tiene a su alcance formas de reclamar.
“Nuestra función no es poner obstáculos, sino valorar si una persona está suficientemente preparada; garantizar que quienes obtienen el permiso tienen las capacidades y los conocimientos necesarios para ser conductores seguros”, resume Joaquín Jiménez Murillo. Para conseguir este objetivo, estos profesionales se actualizan continuamente y aplican las últimas modificaciones de los reglamentos y de la normativa de tráfico a su labor. Todo ello encaminado a que la valoración que reciban los aspirantes a conductores sea siempre rigurosa.
La labor de un buen examinador de tráfico consiste no sólo en ayudar a los futuros conductores a reconocer sus errores y a formarse mejor, también nos sirve de recordatorio de que conducir un vehículo sin cumplir unas mínimas capacidades, aptitudes y actitudes supone un peligro para todos los usuarios de la vía. Su trabajo diario evita que el riesgo llegue a la carretera.
El estándar de calidad de esta profesión se mantiene de forma obligatoria. La normativa exige que los examinadores superen formaciones periódicas para actualizar sus conocimientos. Además, la DGT ha establecido mecanismos que garantizan la prestación de un servicio de calidad con el objetivo de dar cumplimiento a una evaluación imparcial.
“El objetivo es establecer las mejoras necesarias que garanticen una evaluación uniforme, detectar necesidades para ampliar y mejorar la formación de los examinadores y lograr un desarrollo profesional permanente. Esta actividad de seguimiento se realiza de forma anual y quinquenal. En la revisión anual se analizan datos, resultados y toda la información del servicio de exámenes a fin de identificar posibles acciones de mejora”, asegura Montserrat Pérez López.
Por su parte, la revisión quinquenal exige una supervisión presencial y práctica: se evalúa la actuación del examinador durante una prueba real de examen para comprobar su desempeño y si es necesario realizar alguna medida correctiva o de mejora.
Según consta en el Anexo VIII del Reglamento General de Conductores: “Los examinadores deben realizar una formación periódica mínima, a intervalos regulares de cuatro días en total en cada período de dos años, para mantener y actualizar los conocimientos y capacidades necesarios para la realización de las pruebas, desarrollar nuevas capacidades que se hayan convertido en esenciales para el ejercicio de su actividad, garantizar una calificación de las pruebas conforme a criterios justos y uniformes y mantener las capacidades prácticas de conducción necesarias”.
Esta formación se puede impartir mediante sesiones informativas, aulas de formación, enseñanza convencional o soporte informático. Asimismo, puede dirigirse tanto a individuos como a grupos y ser sustituida por la que periódicamente ha de realizarse con carácter previo a una nueva acreditación de nivel. “Además, en el caso de que un examinador haya estado dos años sin examinar (por ejemplo, debido a una baja), debe someterse a una reevaluación para formarse de nuevo y garantizar que tiene los conocimientos necesarios y actualizados para desempeñar su labor”, concluye la subdirectora de Formación de la DGT.





